25 abr. 2013

6.202.700

Me van a permitir, queridos lectores, que esta semana aparque el cuento que vengo escribiendo por entregas en este periódico. Y es que, tal y cómo está el panorama, si me callo reviento. Así que vamos a meternos en harina.

La Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre de 2013, confirma que el número de personas desempleadas en España ha crecido en 237.400, hasta alcanzar la increíble (pero cierta) cifra de 6.202.700. Sí, más de seis millones de parados. Este Gobierno-títere ha destruido más de un millón de empleos. Los contratos a tiempo completo han disminuido y también caen los asalariados con contratos indefinidos. Paro, empleo precario, familias con el agua al cuello, desahucios, pobreza… Esto es España, señoras y señores.
Y eso no es todo, atención a los nuevos recortes que nos tiene preparados el señorito Rajoy, pues desde Bruselas, se piden más “sacrificios”. Más carne para la picadora capitalista. La troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional), siempre quieren más, la Europa del Capital nos está dejando con una mano delante y otra atrás.
Pero es curioso que mientras estos siniestros personajes le piden al Pueblo sacrificios, ellos mantienen miles de millones de euros en paraísos fiscales, a buen recaudo. Mientras dejan “tiesos” a los ciudadanos, ellos viajan en primera clase, a gastos pagados y con unos sueldos desorbitados.
Ante todo este despropósito, si hay algún ciudadano que se le ocurre levantar su puño y exigir sus derechos (vivienda digna, empleo, etc.), las autoridades se apresuran a etiquetarlo como violento, terrorista, etarra, nazi, y una serie de disparates a los que estos títeres del gobierno nos tienen acostumbrados. Pues bien, políticos que nos (des)gobiernan, si exigir mis derechos y protestar contra todas las injusticias que el Capitalismo está realizando contra la clase obrera es ser terrorista, yo lo soy. Amenacen, censuren, creen leyes contra los manifestantes, pero no lograrán acallar la voz de los de abajo.

Y para concluir, una frase de Miguel de Unamuno que le viene muy bien al PP: "Venceréis pero no convenceréis".

Miguel Ángel Rincón Peña

18 abr. 2013

FEÉRICOS #15

Salió en las noticias, habían encontrado en las afueras de El Bosque, cerca de la piscifactoría, un cadáver que parecía humano. Las autoridades no querían dar más datos, pero según los testigos, era un cuerpo que se parecía al de un niño de unos tres años, aunque con algunas deformaciones. Al parecer el cadáver estaba en avanzado estado de putrefacción cuando lo encontraron. Uno de los testigos pudo hacerle una foto, y según comentó a los periodistas, “tenía pinta de duende más que de persona normal”. Esa frase me puso en alerta. Un cadáver sospechosamente parecido al de un trasgo, en las afueras del pueblo, muy cerca del río. Tenía que ir enseguida a buscar a ese testigo que realizó la foto. 
Cuando llegué al lugar, sólo quedaban algunos guantes de látex en el suelo y el precinto de la Guardia Civil. Fui a hablar con la Policía Local, y me informaron que ellos no sabían nada del asunto, aunque me dieron la dirección de uno de los testigos. Conforme iba andando por las calles del pueblo, podía oír los rumores de los vecinos, unos decían que aquello no era humano, otros afirmaban que sería algún niño que se perdió en el bosque, pero nadie sabía explicar cómo llegó allí. Todo eran conjeturas. El testigo que hizo la foto se llamaba Paco, un joven de treinta y tres años. Me recibió en su casa, creía que yo era otro periodista en busca de la fotografía. Le expliqué quién era y por qué estaba allí, y también le pregunté por la famosa foto que supuestamente él hizo. Parece ser que la Guardia Civil le requisó la tarjeta de memoria del móvil donde estaba la fotografía de aquel extraño cadáver. Paco me contó que salió a pasear con su perro como todos los días, por las cercanías del río. A la altura de la piscifactoría escuchó varios gritos y se acercó a ver qué pasaba. Entonces fue cuando vio a varias vecinas muy alarmadas por el hallazgo de aquel ser. En principio le pareció humano, pero era demasiado pequeño, y observó que tenía una larga barba, con lo cual, no podía ser un niño. Por más vueltas que le daba a la cabeza no se explicaba qué era lo que fotografió. También me comentó que la Guardia Civil actuó con un total secretismo y que interrogaron uno a uno a todos los testigos.
Algo estaba pasando en aquel lugar, algo que yo no llegaba a comprender, todo aquello se me escapaba de las manos. Necesitaba que mi amigo Antonio se recuperara pronto, tenía que hablar con él de todo lo que estaba pasando. 

Miguel Ángel Rincón Peña

11 abr. 2013

FEÉRICOS #14

El reloj de la pared del despacho marcaba las cinco menos diez de la tarde. La doctora Jarava me había citado para hablar del caso de mi amigo Antonio. La psiquiatra, de unos treinta y ocho años, morena y de piel pálida, empezó ha hablarme sobre la conducta de su paciente. Cuando ingresó en el hospital llegó bastante desequilibrado, e incluso intentó quitarse la vida en una ocasión. Se negó a decir ni una palabra a nadie. Todas las pruebas que le han realizado salieron bien, o sea, que no padecía, en principio, ninguna enfermedad. La doctora piensa que tuvo que sufrir un fuerte shock que lo dejó en ese estado. Después de los hechos posteriores a mi visita, la doctora creía que yo sabría algo sobre el por qué estaba así su paciente. En realidad yo no sabía nada, pero algo me decía que aquello tenía que ver con el bosque. Antonio fue la persona que me contó su experiencia infantil con aquellos seres fantásticos, y a los pocos meses le sucedió aquello. Pudiera ser que estuviera relacionado su actual estado con los hechos que le sucedieron hace cuarenta años. ¿Y si todo esto es porque me lo contó y yo lo he publicado? Le pregunté a la doctora que si podía ir a su habitación para verle de nuevo, pero me informó que desde ayer estaba completamente sedado y tenía prohibida las visitas hasta que no se recuperara un poco. En cualquier caso, la doctora Jarava se comprometió a irme informando sobre la evolución de Antonio, y en cuanto estuviera listo, me llamaría para concertar una visita. Volví al coche, pero esta vez, antes de ir a casa, me pasaría por el bosque. Quería volver al río Majaceite, al lugar donde se perdió Antonio cuando era un crío. 
En abril, las tardes se van alargando, así que aún había la suficiente luz para caminar por el sendero de aquel bosque sin miedo a que se me echara la noche encima. 
Y allí estaba yo, rememorando con la memoria las historias sobre los seres feéricos que según Antonio vivían en aquel bosque. Pensé en las dríades, en las sílfides, en los trasgos, etc. Pasé por las tres cascadas del río, por aquel viejo olmo, ahora casi derrumbado por el paso del tiempo, y parecía todo tan real… No me era ajeno aquel paisaje, ni los feéricos tampoco, me los había imaginado tantas veces, y al plasmarlos en el papel en forma de cuento, les di una vida real. Me senté junto al río, mientras el atardecer anunciaba la noche por llegar. 
  
Miguel Ángel Rincón Peña

4 abr. 2013

FEÉRICOS #13

Antes de entrar a la habitación, la enfermera me comentó que el paciente no hablaba desde que fue ingresado, y que dada la agresividad que mostraba habían decidido sedarlo. El celador que custodiaba la puerta la abrió y pasé dentro de la habitación. A la derecha había una cama, a la izquierda un pequeño armario empotrado y frente a mí, una mesa y dos sillas, una a cada lado. Tomé asiento y saludé a Antonio, así se llamaba mi extraño amigo. Iba vestido con el pijama característico del hospital, tenía la cabeza inclinada hacia delante y los brazos caídos sobre la mesa. Aunque mantenía los ojos abiertos, parecía ausente. Quizá la medicación lo tenía aún sedado. Decidí contarle que unos días antes había estado en su casa para hablar con él, y que su mujer me informó que estaba enfermo. Le conté también que había empezado a escribir en forma de cuentos aquellas historias sobre los asombrosos seres que viven en el bosque, junto al río Majaceite. Le pregunté por los oscuros dibujos que había hecho en su casa y le enseñé el que me había regalado su mujer. Ni siquiera lo miró. Su mirada estaba completamente perdida. Guardé silencio durante un rato y lo observé. Todo estaba en silencio dentro de aquella habitación, sólo se escuchaba nuestra respiración. De repente un pequeño hilo de saliva salió de su boca y quedó colgando de su labio inferior. Fue entonces cuando decidí levantarme e irme de allí. Aquel hombre estaba completamente drogado. Crucé de nuevo el pasillo con una sensación de tristeza. Al salir a la calle, el viento y la lluvia me sacaron de mis pensamientos y me devolvieron al mundo real. Busqué mi coche y volví a casa. 
Al día siguiente, estaba aún trabajando, cuando sonó mi teléfono. Era la mujer de Antonio, al parecer la había llamado la doctora de su marido porque quería contactar conmigo. No me dijo el motivo, pero me dio un número de teléfono para que llamara en cuanto me fuese posible. No lo dudé y marqué aquel número enseguida. Al otro lado de la línea se encontraba la doctora María José Jarava. Me dijo que después de que yo me marchase del hospital, Antonio pidió al celador papel y lápiz. Durante horas estuvo dibujando. Era la primera reacción que había tenido desde su ingreso. La doctora me rogó que fuera de nuevo al hospital. 

Miguel Ángel Rincón Peña