13 feb. 2014

¡HOSPITAL PÚBLICO!

Hace tiempo escribí en esta columna un artículo sobre la necesidad de un hospital público en la sierra de Cádiz. Ahora que hay una cierta polémica por la renovación del concierto entre la Consejería de Salud y la empresa Pascual Pascual S.A., pues la Junta de Andalucía tiene previsto rebajar en un 2,3 por ciento el coste de los servicios, voy a volver a hacer mención del tema. 
En todo esto hay una circunstancia que queda al descubierto, la excesiva externalización que desde la Junta se viene haciendo en la Sanidad (y en otras materias, como por ejemplo, la Educación). A pesar de la insistente “defensa de lo público” que realiza la Junta de Andalucía, nuestra comunidad autónoma destinó 378 millones a la sanidad concertada en 2013. Este es un dato a tener muy en cuenta. Y luego, por otra parte, está la empresa Pascual, con amplia experiencia en estos conciertos con la Junta de Andalucía que, como toda empresa privada, su principal objetivo es ganar dinero, lo cual es totalmente lícito. 
Yo creo que hay que apostar por un hospital público, y para defender esta postura voy a hacer mención, resumidamente, a un texto que el doctor Antonio Rodríguez Carrión, miembro del Consejo de Salud de Ubrique, escribió hace unos años. Inversiones: obviamente ningún gobierno invierte en mejoras para los hospitales privados, aunque estén concertados. Y, viceversa, ninguna empresa privada invierte en mejoras para lo público si no tiene expectativas de sacar algún beneficio económico de su inversión. Personal laboral -al cual doy mi apoyo-: los facultativos, enfermeros, personal auxiliar, etc., de las empresas privadas no pueden optar a concursos de traslados y otras promociones (cursos, investigación, formación MIR, ayudas familiares, etc.) del Sistema Andaluz de Salud, por lo que un hospital privado-concertado tendrá más inestabilidad en las plantillas y más dificultad en contratar facultativos que un hospital público. Gasto económico: cualquier servicio que un gobierno concierte con una empresa privada conlleva los gastos propios de la ejecución del servicio y, además, unos beneficios económicos para la empresa privada superiores a los que le dejaría una entidad bancaria si el capital empleado en los servicios se impusiera a plazo fijo; luego es evidente que, a igualdad de prestaciones, un hospital privado-concertado forzosamente sale más caro que un hospital público. 
El defensor del pueblo ya dijo en su día que lo que sucedía en la Sierra de Cádiz era un caso excepcional en toda Andalucía, puesto que, independientemente de que existan conciertos con hospitales privados, siempre hay un hospital comarcal público alternativo.

Miguel Ángel Rincón Peña

6 feb. 2014

LA GÜIJA

Siempre quise estar presente en una sesión “ouija”. Para quién no conozca esta práctica, la “güija” ó “ouija” es un tablero dotado de letras y números con el que, supuestamente, se puede establecer contacto con otros “entes”, llámense espíritus, energías, seres extraterrestres, etc. En Occidente se viene practicando desde finales del siglo XIX y últimamente muchas personas lo consideran un juego, pero no es un juego, pues puede afectar negativamente si se hace mal uso. Hay casos en los que las personas participantes tuvieron a posteriori algún tipo de problema psicológico. 
Como iba diciendo, tenía muchas ganas de saber qué se experimenta en esas sesiones de ouija y aprovechando que unos conocidos iban a realizar una sesión, pedí que me invitaran, y así fue. 
Tengo que decir que me envolvió una cierta incertidumbre, pero sabiendo que las personas con las que iba a estar en esa práctica era gente seria y curtida en estos asuntos espíritas, me quedé un poco más tranquilo e intenté relajarme. 
A las once de la noche de un jueves de enero me vi sentado alrededor de una mesa camilla y frente a la archifamosa tabla ouija. Estaba acompañado por dos personas que me informaron de cual sería mi papel, aparentemente sólo tenía que poner un dedo en una especie de vasito pequeño. Después de unos cinco minutos esperando a ver si aquello se movía, una de las personas que allí se encontraba lanzó la primera pregunta: ¿Hay alguien que quiera comunicarse con nosotros? En ese momento, no sé por qué, me entraron unas irresistibles ganas de soltar una gran carcajada, serían los nervios del momento. Menos mal que me pude contener, sino, seguramente me hubieran echado de la casa. En fin, el caso es que aquello no se movió ni un centímetro. Volvió a repetir la pregunta, y nada más concluirla, aquel vasito comenzó a temblar y se dirigió sin vacilar a la palabra Sí. Yo miraba a mis compañeros de mesa con el rabillo del ojo, porque pensaba que lo estaban moviendo ellos. En la siguiente pregunta le preguntaron por su nombre. Y aquí fue cuando me retiré del mal llamado juego, pues al instante de realizar esa pregunta, el vasito salió disparado contra la pared, cosa que aproveché para levantarme, dar las buenas noches a mis amigos y coger la puerta sin mirar atrás. 

Miguel Ángel Rincón Peña.