11 abr. 2013

FEÉRICOS #14

El reloj de la pared del despacho marcaba las cinco menos diez de la tarde. La doctora Jarava me había citado para hablar del caso de mi amigo Antonio. La psiquiatra, de unos treinta y ocho años, morena y de piel pálida, empezó ha hablarme sobre la conducta de su paciente. Cuando ingresó en el hospital llegó bastante desequilibrado, e incluso intentó quitarse la vida en una ocasión. Se negó a decir ni una palabra a nadie. Todas las pruebas que le han realizado salieron bien, o sea, que no padecía, en principio, ninguna enfermedad. La doctora piensa que tuvo que sufrir un fuerte shock que lo dejó en ese estado. Después de los hechos posteriores a mi visita, la doctora creía que yo sabría algo sobre el por qué estaba así su paciente. En realidad yo no sabía nada, pero algo me decía que aquello tenía que ver con el bosque. Antonio fue la persona que me contó su experiencia infantil con aquellos seres fantásticos, y a los pocos meses le sucedió aquello. Pudiera ser que estuviera relacionado su actual estado con los hechos que le sucedieron hace cuarenta años. ¿Y si todo esto es porque me lo contó y yo lo he publicado? Le pregunté a la doctora que si podía ir a su habitación para verle de nuevo, pero me informó que desde ayer estaba completamente sedado y tenía prohibida las visitas hasta que no se recuperara un poco. En cualquier caso, la doctora Jarava se comprometió a irme informando sobre la evolución de Antonio, y en cuanto estuviera listo, me llamaría para concertar una visita. Volví al coche, pero esta vez, antes de ir a casa, me pasaría por el bosque. Quería volver al río Majaceite, al lugar donde se perdió Antonio cuando era un crío. 
En abril, las tardes se van alargando, así que aún había la suficiente luz para caminar por el sendero de aquel bosque sin miedo a que se me echara la noche encima. 
Y allí estaba yo, rememorando con la memoria las historias sobre los seres feéricos que según Antonio vivían en aquel bosque. Pensé en las dríades, en las sílfides, en los trasgos, etc. Pasé por las tres cascadas del río, por aquel viejo olmo, ahora casi derrumbado por el paso del tiempo, y parecía todo tan real… No me era ajeno aquel paisaje, ni los feéricos tampoco, me los había imaginado tantas veces, y al plasmarlos en el papel en forma de cuento, les di una vida real. Me senté junto al río, mientras el atardecer anunciaba la noche por llegar. 
  
Miguel Ángel Rincón Peña