6 jul. 2011

LOS ABUELOS

Todas las tardes, cuando el calor deja de apretar y las calles se hacen habitables, veo pasar desde mi ventana a un abuelo con su nieto. Él es un hombre robusto, de unos setenta años. Se apoya en un viejo bastón (que más que bastón, es una vara de acebuche) para caminar, mientras muerde un palillo de dientes. El nieto, un pequeño de cinco años va a su lado. A veces escucho el murmullo, el abuelo le habla de los animales que cuidaba cuando era joven, de la vida en el campo, de la huerta. El pequeño hace como que le escucha, pero en realidad su mente está ocupada en encontrar alguna piedrecita que patear, al estilo Messi.
Todos, alguna vez, hemos cometido el grave error de no escuchar a nuestros mayores, de no atender a sus historias. Seguramente, cuando crezca ese pequeño que pasa por mi ventana cada día, se dará cuenta de que era infinitamente más importante las historias que le contaba su abuelo que el buscar piedrecitas e imaginarse Messi.
Si pudiera, le diría a ese mocoso que ni él ni su abuelo son inmortales, que la vida es un tahúr que nos engaña continuamente y que no hay Dios en el cielo que nos pueda ayudar (por mucho que se empeñe el cura del pueblo), pero seguramente no me entendería.

Cuántas veces habrán callado al abuelo en casa porque es más interesante lo que sale en la tele que lo que intenta decir el bueno del abuelo. Cuánto mal ha ejercido la televisión a la comunicación familiar. Familias enteras frente al televisor como zombis.
Luego, con el tiempo el abuelo, como todos los abuelos, se despide del mundo y los que nos quedamos nos lamentamos, entonces, de no haber pasado más tiempo con él, de no haberle prestado más atención, de no haber escuchado unas historias que, por mucho que queramos ya no volverán.
Ojalá, algún pequeño lea esto (o se lo lean sus padres) y se dé cuenta de la importancia que es tener unos abuelos o unos padres a los que poder escuchar y conversar tranquilamente, sin prisas, sin televisiones de por medio (ya habrá tiempo de ver alcahueteos, novelas y noticieros). Las personas mayores son como un tesoro lleno de sabiduría, y como tal hay que tratarlos.

Miguel Ángel Rincón Peña