22 dic. 2011

FELIZ SOLSTICIO DE INVIERNO

Hace algo así como una treintena de años, cuando el que esto firma acababa de dejar a duras penas el chupete y aún creía en el espíritu de la Navidad, en los Reyes Magos de Oriente y en el niño Jesús…, uno esperaba con ilusión que llegara diciembre para ver las calles alumbradas, los árboles de Navidad decorados con bolitas y las bombillitas intermitentes. Me gustaba ver las calles a rebosar, gente de un lado para otro, comprando o paseando. También me gustaba cuando mi madre me llevaba a la plaza del Socorro de Ronda, a comprar castañas asadas en un puestecito, recuerdo que una señora muy mayor (en aquella época todas las señoras me parecían mayores) cogía un papel de periódico, como éste que sujeta usted ahora mismo en sus manos, y lo enrollaba haciendo un pequeño cucurucho en el cual echaba las castañas. Mi madre le pagaba a la señora y me daba el paquete a mí, recuerdo aquel calor que desprendía en mis pequeñas manos.
Luego la cena de nochebuena, junto a toda la familia (familia a la cual, el aranero tiempo, ha ido robándole componentes), y el pavo, los langostinos, las copitas, etc. Y pocos días después, la noche de Reyes. Esa noche en la que los nervios no nos dejaban dormir por mucho que lo intentáramos. Me pasaba la noche pensando en si habrían pasado ya por mi casa los Reyes con los regalos, hasta que el sueño me vencía. A la mañana siguiente, a primera hora y con los ojos medio pegados, corría al salón en busca de los regalos, y allí estaban, envueltos en papel de colores y dispuestos a ser zarandeados sin compasión. Creo que mi madre disfrutaba más que yo viendo mi cara cada vez que abría uno de los regalos. Entonces uno era feliz, era un niño y no entendía los problemas de los mayores, no sabía que existían niños en el mundo que no tenían Navidad, ni cenas, ni regalos. No sabía que los Reyes Magos eran en realidad mi madre y mis familiares. Era feliz en mi ignorancia.
Ahora, a mis treinta y pocos tacos, con la experiencia que da la vida y más ateo que el mismísimo Marx, la Navidad se convierte, tan sólo, en un recuerdo de tiempos mejores, aparte de eso, poco más que consumismo e hipocresía. ¡FELIZ SOLSTICIO DE INVIERNO!

Miguel Ángel Rincón Peña