7 nov. 2013

MIS PASEOS

He vuelto otra vez a pasear, hacía bastante que no lo hacía. Perdí la costumbre por falta de tiempo (o por vagancia), pero desde hace unos días, he recuperado esa afición tan sana. Ayer por la tarde, empecé a caminar por un carril cualquiera, sin saber muy bien dónde ir. 
Por el camino me encontré con una de esas personas a las cuales se las ve muy de vez en cuando. Un anciano con su gorrita calada, su chaqueta y sus pantalones de pana. Íbamos los dos paseando sin rumbo en la misma dirección, y tras el obligado saludo, casi siempre hay una interesante conversación. Esta vez tocó la vejez, la experiencia, el pasado. Manuel, a sus setenta y pico, pocas veces salió del pueblo, trabajó en el campo cuidando “bichos” y ahora cuida de un pequeño huerto, porque dice que no puede estar “parao”. 
Sorprende conversar con personas como Manuel, pues son portadoras de una filosofía de vida que descoloca por sus fuertes convicciones y sus razonamientos. Me habló de su familia, según él, sus padres nunca fueron felices, porque tenían muchos problemas, en aquella España todo eran problemas para los que no tenían nada. Vivían de lo poco que ganaba su padre como jornalero. Así que Manuel empezó a trabajar de sol a sol cuando aun era un niño, junto a sus hermanos mayores. Ya están todos muertos. Dice que ha ido a más entierros de los que puede recordar, y que la próxima vez que entre en una iglesia será con los píes por delante. No bromea, se nota que lo dice en serio. 
Le pregunté, entre otras cosas, si después de más de setenta años, valió la pena vivir. Se paró, se quitó la gorra, pasó su mano por la cabeza y me dijo que, a pesar de todas las penurias, sí, la vida siempre vale la pena. A sus nietos se lo dice a diario, que vivan la vida lo mejor que puedan, que no se metan en problemas, que estudien, que se hagan hombres y mujeres de provecho, pero son jóvenes, y se creen que nunca van a envejecer, a esa edad todos somos inmortales. ¡Qué grande es la gente como Manuel! 

Ahora, que las canas empiezan a aparecer, que miramos atrás y vemos aquel niño que fuimos, tan lejano, tan inaccesible. Ahora que los recuerdos, casi siempre nos hacen derramar alguna que otra lágrima. Ahora que se nos van acumulando los muertos en la memoria, comprendemos aquellos versos de Gil de Biedma, el cual nos advertía: “Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde…” 

Miguel Ángel Rincón Peña.