27 oct. 2010

LA TECNOLOGÍA Y EL AMOR

Decía el grupo granadino “Cero noventa y uno” aquello de que el Amor está debajo de las piedras, y puede que tuvieran razón. El Amor se puede encontrar en la barra de los bares más olvidados de la madrugada, en una boca de metro, en la parada del autobús, en la cola del supermercado, etc. Ahora, gracias a la tecnología, el Amor también puede encontrarse a miles de kilómetros, través de Internet.
El Nóbel, Severo Ochoa, afirmó que el Amor es física y química, Internet parece que también puede conseguir ese efecto, esa receta mágica que hace que la gente se enamore con un teclado, una pantalla y una conexión a alguna red social, con el Messenger, o cualquier otro invento. A mi estas cosas siempre me parecieron bastante frías. Conocer a otra persona que se encuentra, por ejemplo, al otro lado del océano Atlántico mediante un click, me parece de ciencia ficción, pero la tecnología avanza que es una barbaridad.
Tengo varios amigos y amigas que supuestamente se han enamorado a distancia, por Internet, y a unos la experiencia les ha sido favorable, a otros, no tanto. La verdad es que es un buen invento para la gente que por un motivo u otro se encuentra sola. Esta sociedad en la que vivimos, frecuentemente, suele crear muchos solitarios (solos en medio de la multitud). No les ha pasado nunca, el estar en un sitio rodeado de gente, ejemplo gran centro comercial, donde una marabunta camina como si fueran autómatas de escaparate en escaparate, y sentirse en la más absoluta soledad. Supongo que sí, a mí me sucede con frecuencia, por eso trato de pisar lo menos posible esas zonas comerciales donde el Hombre se deshumaniza para convertirse en un pelele consumista: De diez a dos comprar, de dos a dos y cuarto engullir comida basura en cualquier establecimiento de cuyos nombres no voy a hacer publicidad. Y luego, al coche, de vuelta al atasco y a la rutina. No me extraña que ese Sistema engendre soledades.
Pero volviendo al tema principal que nos ocupa hoy, el Amor se ha vuelto, además, virtual y tiene enganchados a miles, qué digo miles, millones de personas en todo el planeta. Una maestra en Arcos puede estar enamorada de un ché argentino. Y un electricista noruego de una neoyorkina. La tecnología y el Amor, una relación revolucionaria.

Miguel Ángel Rincón Peña