14 sept. 2011

METAPOESÍA

De un tiempo a esta parte, hemos hablado mucho, en tertulias, reuniones y en conversaciones con compañeros y amigos, sobre si ha de ser veraz la Poesía. Cuestión que suele interesar mucho, pues es algo que preguntan con bastante asiduidad los lectores en dichas tertulias.
Ayer mismo leía una poesía (o una metapoesía, para ser más exacto) de Ricardo Fernández Esteban, en la cual hacía referencia a este tema. La mayoría de la gente cree que los poemas son como una autobiografía del poeta, que todo lo que éste pone en negro sobre blanco es cierto, experiencias reales como la vida misma. Pero el poeta también puede ponerse su disfraz y vivir otras vidas con la imaginación, inventarse otros mundos, otros amores, otras amantes.
Es cierto que escribir un poema es un ejercicio muy íntimo, pues casi siempre se trabaja con los sentimientos propios, pero otras veces, el poeta deja volar su imaginación. Luego, el lector juzgará y hará suyo esos sentimientos y esas líricas ensoñaciones.

Hablar de Poesía es siempre complicado, al hacerlo, entramos en terrenos pantanosos donde podemos correr el riesgo de pisar arenas movedizas o enredarnos en alguna liana suelta. Y es que la Poesía escapa a todo tipo de ataduras, ahí está Charles Bukowski para aseverarlo. Sesudas mentes intentaron e intentan aún explicar qué es y cómo hacer Poesía, y buscan en las musas y en el parnaso todas las respuestas. Pero la Poesía puede estar en los sitios más insospechados y en las cosas más mínimas. Se me viene a la cabeza ahora un verso del gran Roger Wolfe que dice, “toda esa poesía, que nunca cabe en un poema”. Esa poesía es la que el poeta tiene que buscar y trasladar al lector, porque la Poesía, al fin y al cabo, no es de quien la escribe, sino de quien la necesita. Y como conclusión, os copio el poema de Ricardo Fernández, que me llevó a escribir la columna de esta semana:

¿HA DE SER VERAZ LA POESÍA?

Impúdicos pedís ver desnudo al poeta
pensando, erróneamente, que sus mil cicatrices
son marcas de la vida que cuenta en sus poemas.
Exigís que se exhiba como fiera de circo,
que sus versos destilen todos sus sentimientos.
Aplaudís cuando grita, cuando llora o suspira,
y decís “¡qué poeta!” porque os hacen sufrir
sus amores prohibidos, sus desgracias sin fin.

Detrás del maquillaje el poeta sonríe,
no importa que use máscara, que todo sea un disfraz,
consiguió su propósito que era haceros vibrar.
Eso es la poesía, desengáñate amigo,
y la veracidad algo poco importante;
nos basta para el juego que suene a verosímil,
que esté escrita con garra y nos haga volar.

¿O es que existió ese amor, que glosaron los clásicos,
por Laura, por Beatriz, por Giulietta o por Litsi?
Probablemente no, mas perduran sus versos,
y en lo alto del Parnaso los bardos son felices:
Petrarca, Dante, Shakespeare, Quevedo y muchos más
cortejan a sus musas que se dejan querer;
aquí ya no hay engaño, “todos están al loro”,
aquí todos disfrutan creando poesía
y nadie se cuestiona si dicen la verdad.

Ricardo Fernández Esteban ©


Miguel Ángel Rincón Peña