15 nov. 2011

LOS DE ABAJO (II)

La puerta del Congreso era robusta y gris. Los obreros llamaron al timbre un par de veces. A los pocos segundos abrió el portero de los políticos. Con voz arrogante preguntó a los de abajo el motivo de la visita, éstos, dijeron que querían hablar con el representante de los políticos. El portero, mirándolos por encima del hombro, les dijo que para eso necesitaban un permiso especial que tendrían que haber pedido con antelación y esperar a que les dieran una cita. Los de abajo dejaron muy claro que no se moverían de allí hasta que el representante no los recibiera en su despacho. La inmensa puerta se volvió a cerrar dejando a los obreros en la calle.
Mientras todo esto ocurría, el representante de los políticos, asomado tras la cristalera de su despacho, hablaba por teléfono con el representante de la clase de arriba y le comentaba la situación. Murmuraban que sería peligroso que los de abajo se decidieran a protestar. Había que cortar esa situación cómo fuera y al representante de los políticos, aún sin haber escuchado las reivindicaciones de los de abajo, decidió llamar a la policía para que desalojaran a los obreros de la puerta del Congreso.
Los trabajadores de la clase de abajo estaban sentados justo en el escalón de aquella gran puerta y no podían imaginar la que se les venía encima. Pasaron unos minutos y a lo lejos se escucharon varias sirenas, poco rato después, los obreros eran apaleados por miembros de la policía. La policía era un cuerpo de seguridad del Estado que supuestamente estaba para proteger a los ciudadanos sin distinción de clase social, sin embargo, a la hora de la verdad siempre actuaban contra los de abajo, por orden de las clases superiores. Curiosamente, reprimían a los que les pagaban el sueldo.
El representante de los políticos reía a carcajadas desde su despacho, mientras veía cómo corrían los de abajo, perseguidos por la policía. Se dirigió hacia su cómodo sillón de cuero y se encendió un buen puro mientras pensaba en que el Sistema lo tenía “todo atado y bien atado”. El día siguiente estaba el representante haciendo cuentas en el mismo despacho cuando por la ventana entró un coctel molotov que incendió rápidamente las cortinas. Delante de la gran puerta había el doble de obreros que el día anterior y con sus herramientas se disponían a desmontar la robusta puerta. (Continuará…)

Miguel Ángel Rincón Peña