8 may. 2014

MI PRIMERA (Y ÚNICA) CORRIDA

Parte de mi niñez la pasé en Ronda, en plaza Teniente Arce, esquina Virgen de la Paz. La casa estaba frente a la plaza de toros. Las tardes de corrida, se colaba por las ventanas el sonido de los pitos, los aplausos o los gritos consternados cuando se producía alguna cogida. 
Una vez, mi madre, que tenía un conocido que era aficionado a la “fiesta nacional”, decidió pedirle el favor, ante mi insistencia, de que me llevara a ver una corrida en la plaza, pues a mis 8 años sentía mucha curiosidad, puesto que casi todos mis amiguitos del colegio ya habían ido (viviendo en Ronda es normal). Y así fue, una tarde vino a recogerme aquel señor con su traje y su puro, me agarró de la mano y pasamos por taquilla. Yo estaba nervioso, primero porque no quería ir con aquel señor, y segundo por la emoción de ver una corrida de toros en primera persona. 
Recuerdo que la plaza estaba hasta la bandera. Me quedé impresionado porque todo me parecía grande, aquel círculo de tierra batida, flanqueado por piedras y tablas con la bandera de España, y todo aquel gentío. De repente sonó la música y empezaron a desfilar los toreros, luego me enteré que aquello se llamaba “el paseíllo”. Minutos después, abrieron la puerta de chiqueros y salió un enorme toro negro que parecía que se iba a salir del ruedo. El torero lo recibió con el capote. Mis ojos observaban atentamente aquella extraña danza entre el toro y el torero, pero pronto aquella danza se convirtió en algo mucho más violento y macabro, puyazos en el morrillo, banderillas…, y para terminar, la espada atravesando el cuerpo del animal. Y sangre, mucha sangre. 
Sentí una profunda pena por aquel animal que yacía en la arena y un aborrecimiento absoluto por toda la gente que disfrutaba con el sufrimiento y muerte de aquel hermoso toro. Y lo peor es que era el primero de seis. Cuando salió el segundo, la certeza de que acabaría como el primero me agobió tanto que me puse a llorar, quizá con la esperanza de que aquel hombre se apiadase de mí y me sacara de aquella olla a presión. 
Una vez en mi casa, le dije a mi madre que no quería volver más a la plaza de toros, mientras hablábamos, se podía escuchar el murmullo del público. Recuerdo que mi madre estaba viendo la tele, me sentó con ella y me dio un vaso de La Casera (para que se me pasara el disgusto). 
A ella le gustaban mucho los animales, en mi casa siempre hubo algún gato o perro. Creo que aquella tarde me dejó que fuera a la plaza para que viera por mí mismo lo que no se debe hacer con un animal. Y aprendí bien la lección, casi treinta años después aún recuerdo aquella angustia. 

Miguel Ángel Rincón Peña