3 sept. 2014

PACIENTE

De vez en cuando tengo que ir a visitar a mi médico de cabecera, en mi caso es una doctora. Raro es el día que no va la cosa con retraso. Así que como buen paciente, tomo asiento y si tengo algo para leer lo leo, o me entretengo manoseando el móvil cual zombi moderno. Otras veces observo a las demás personas reunidas en la sala de espera. El otro día había una madre con su hija, de unos siete u ocho años de edad. La niña no quería entrar a la consulta ni a tiros. Ese miedo infantil a las batas blancas es intrínseco al ser humano, creo yo. Al menos a mi me pasaba cuando era pequeño, luego con el tiempo logré superar ese pánico (hay quienes no lo superan nunca). También había, un par de asientos más a la izquierda, una pareja de jubilados. La señora sujetaba en su mano un pastillero mientras el marido iba cogiendo pastillitas y tragándoselas con la ayuda de una botellita de agua mineral. 
Cada cierto tiempo se abre la puerta de la consulta y van saliendo y entrando pacientes impacientes. 
Normalmente suelo llegar cinco minutos antes de mi hora asignada para que no se me pase el turno, así que siempre tengo que esperar. En realidad no me importan demasiado las esperas, estoy acostumbrado a ellas, siempre que no sean excesivas. Y cuando por fin me toca, entro, saludo a la doctora, me extiende la receta, intercambiamos algunas palabras y me voy. Con suerte, media hora de espera para tan sólo cinco minutos de consulta, como mucho. Pero así funciona esto. Es lo normal y me gusta que duren poco mis visitas. Tengo que decir que estoy bastante contento con mi doctora, es una buena profesional, y además simpática. ¡No se puede pedir más! En mi larga experiencia como paciente me he encontrado con médicos que, no digo que fuesen malos profesionales, pero te echaban para atrás con sólo una mirada. El paciente, además de atención sanitaria, también necesita comprensión y amabilidad. Pero bueno, hay que ponerse en la piel de los sanitarios, y más en estos tiempos de recortes. 
Pues como decía antes, no me importa esperar, en la cola del banco, en la del supermercado, en la panadería, en los atascos de tráfico… la vida es una larga espera y hay que tomársela con toda la filosofía posible para no desesperar. 

Miguel Ángel Rincón Peña