6 dic. 2012

FEÉRICOS #3

El último feérico en llegar al bosque fue un “trasgu”. Su nombre es Belmiru y vino del norte, concretamente de Asturies. Para los que no hayan oído hablar nunca de los trasgus, también llamados trasgos, hay que decir que son seres de apariencia humanoide, de unos 50 centímetros, suelen ir vestidos con blusa y gorro rojo y por genética, casi todos suelen ser cojos de la pierna derecha. Su afición por penetrar por las noches en las casas del pueblo, le costó el exilio de su antiguo bosque astur. Tras un largo camino lleno de aventuras, llegó a orillas del Majaceite, pues sabía que siglos antes se había instalado aquí un nuevo asentamiento feérico. 
Molestar, gastar bromas pesadas a los habitantes de la casa, romper cacharros, asustar al ganado en las cuadras, entre otras pequeñas diabluras, son actividades que le han dado al trasgu una merecida fama como duende burlón. Belmiru, pasa la mayor parte del día escondido en algún lugar secreto de cualquier casa. Escoge cada cierto tiempo un hogar diferente para llevar a cabo sus actividades. Cuando todos duermen, es la hora para salir del escondrijo y pasearse a sus anchas por toda la casa. 
Una noche, Belmiru eligió el hogar de un músico para sus travesuras. Cuando se disponía a hacer de las suyas, oyó una bella melodía que venía del salón. Cojeando, se acercó sigilosamente hasta donde estaba aquel músico tocando el piano. Belmiru se quedó allí, inmóvil, con sus dos grandes ojos de par en par y su boca entreabierta. Era la primera vez que escuchaba ese tipo de música. Aquella exhibición musical duró unos diez minutos, tras los cuales, el pianista se marchó a la cama. El duende, movido por su curiosidad, se acercó al piano, y aunque se hallaba cerrado, sobre el atril estaba la partitura que minutos antes había escrito el músico. Belmiru tomó la pluma para cambiar algunas notas de lugar y añadir algunas nuevas al pentagrama. 
Al día siguiente, el pianista daba un concierto en Sevilla, lugar donde estrenaría su nueva pieza musical. Subió al escenario, abrió el piano y colocó la partitura. Sus dedos se situaron sobre las teclas y comenzaron a volar las notas musicales. Era una melodía extrañísima, penetraba en los oídos y adquiría un efecto sobrecogedor que llegaba directamente al corazón. El público, puesto en pie, ovacionó con uno de los mayores aplausos que en aquel teatro se hubiese dado nunca a un pianista.

Miguel Ángel Rincón Peña