10 ene. 2013

FEÉRICOS #8

Todos en el bosque la llamaban Helia, era una Náyade, pequeñita, tenaz, inteligente y soñadora. Cuando había alguna reunión de hadas, ella era la que mejor bailaba de todas. Tenía algo que la hacía especial. Por las tardes, se iba a lo más alto de la sierra Margarita, desde allí se comunicaba telepáticamente con otras Náyades que se encontraban a miles de kilómetros. 
Una de esas tardes, a Helia se le hizo de noche en la sierra. Nunca solía estarse tanto tiempo, pero aquel día se entretuvo demasiado. Empezó a caminar entre la maleza rumbo al bosque feérico, aquella noche no había Luna y todo estaba oscuro. Desorientada, no encontraba el camino a casa, anduvo un buen rato, parecía que daba vueltas al mismo sitio. Intentó comunicarse con las demás hadas del bosque, pero se encontraba tan nerviosa que era incapaz de concentrarse. Dos lagrimitas empezaban a rodar por sus suaves mejillas cuando aparecieron un par de luciérnagas que la guiaron hasta un claro del bosque. 
Desde aquella explanada, Helia pudo divisar una casita de madera, había luz en la ventana y humo en la chimenea. Lentamente se acercó hasta la cabaña para ver quién vivía allí. Dentro, sentado en una mecedora junto a la chimenea, se encontraba dormitando un anciano pastor, junto a él, tendido en el suelo, su perro. El frío se intensificaba cada vez más, así que decidió entrar en la casa sin hacer ruido. El pastor roncaba en su mecedora, el perro también dormía, no había peligro. Pero la Náyade no contaba con la mujer del pastor, y mientras Helia comía un poco de queso que había en la mesa, aquella mujer apareció de repente por el pasillo. Las dos se quedaron mirándose fijamente, Helia se temía lo peor, pero aquella mujer, de rostro amable, sonrió al verla. Debió de pensar que era una bendición que un hada apareciera en su humilde hogar. La mujer despertó de una voz a su marido, el cual, al ver a Helia pegó un salto de la mecedora. El hada con su delicada voz les explicó que se había perdido y no sabía  cómo volver al bosque. Los dos ancianos se sentaron frente a ella, la miraban como si de una santa se tratase. Le pusieron comida y bebida y aquel buen hombre se ofreció a llevarla hasta el Majaceite. 
La cabaña estaba cerca de Benamahoma, no habría que andar mucho. Al llegar al bosque, Helia agradeció la ayuda al pastor y le entregó una piedrecita que las hadas llaman “aurum” (aurora resplandeciente) que luego, una vez en la cabaña, los ancianos descubrirían que se trataba de una pepita de oro nativo. 


Miguel Ángel Rincón Peña