4 ene. 2013

FEÉRICOS #7

Nunca fueron bien recibidos los humanos en aquel bosque, ni por los seres mágicos ni por los animales que allí habitan. Todos ellos saben lo destructivo que puede llegar a ser la raza humana. El Hombre está acabando con el planeta mediante sus guerras fratricidas y la contaminación. Aun así, hace un par de días, decidí visitar el Majaceite con los ojos bien abiertos. 
Al bosque se accede por una pequeña explanada a las afueras del pueblo. Se sube por un angosto carril y cuando se llevan andados unos metros, aparece frente a nosotros un pequeño árbol aliso en mitad del camino. Tiene una forma extraña, parece como si estuviese danzando o amenazándonos con sus ramas. ¿Qué hará allí ese árbol, nos dará la bienvenida, nos alertará de algún peligro…? 
El camino estaba cubierto de hojas secas, era como una alfombra. El sonido que emiten al ser pisadas le da a uno serenidad, como el rumor del río. 
Me senté a un lado del camino y observé a varios senderistas, unos bajaban y otros subían. Estuve un buen rato merodeando por los alrededores hasta que el Sol empezó a esconderse en el horizonte. Hacía frío y no tardaría en llegar la tormenta. Era hora de regresar a casa. 
Precisamente, a esas horas en que el día empieza a desvanecerse, es cuando las criaturas feéricas salen de sus hogares. En esta época del año, cuando el frío aprieta, suelen salir menos. Les gusta quedarse en los huecos de los árboles, en el interior de sus raíces, en las pequeñas cuevas o sentados alrededor de una hoguera. Así pasan la noche contando historias, riendo, cantando y bebiendo un licor que fabrican a base de frutas y jugo de raíces de varias plantas. Los Trasgus más mayores fuman en pequeñas pipas de madera una especie de hierba seca que almacenan en pequeños tarros hechos con cortezas de árboles. 
Cuando la noche trae lluvia, los Rudimes, esos duendecillos de no más de tres centímetros de altura, salen de sus escondites y se acurrucan bajo el techo de las setas. Les encanta ver llover. Las Hadas, por el contrario, se quedan dormitando en sus árboles, en sus flores o pasan al plano astral. No hay prisas por hacer nada, y nada es más importante que escuchar cómo respira el bosque, y sentir el aliento de la tierra. Ya quisieran los humanos poder sentir así..., piensan. 


 Miguel Ángel Rincón Peña.