18 jul. 2009

LA MEMORIA DE LORCA

Leyendo la prensa me he enterado de que la Junta de Andalucía abrirá la tumba del poeta granadino Federico García Lorca. Está previsto que se lleve a cabo en otoño. Sin duda, un mes muy poético.

Al parecer, los familiares del maestro republicano Díscolo Galindo y los banderilleros Francisco Baladí y Joaquín Arcollas, fusilados junto a García Lorca, han demandado dicha actuación. En cambio, los familiares del poeta están en desacuerdo con que se abra la tumba.

En mi opinión creo que Lorca es familia ya de todos los que amamos la poesía, de todos los que amamos el teatro, de todos, en definitiva, los que amamos de alguna manera al poeta de Granada. Por lo tanto, honrar a este gran poeta, muerto a balazos por los franquistas, es un derecho y un deber de todos.

Trágicos fueron aquellos años treinta y cuarenta, en que se perseguía, encarcelaba, torturaba y asesinaba a la gente de la cultura que procesaba pensamiento disidente. Lorca fue un ejemplo, pero también tenemos al gran Antonio Machado, que tuvo que poner píes en polvorosa y exiliarse en Francia, donde murió de la mano de la tristeza. O ese poeta del pueblo llamado Miguel Hernández, y cuyas cenizas significan semilla de libertad. Hernández murió abandonado a su suerte, enfermo en una mugrienta prisión.
Los poetas, pintores, dramaturgos, etc., que fueron represaliados se pueden contar por miles. Al régimen no le gustaba el libre pensamiento y lo demostró con creces.

Ahora que está tan de moda la memoria histórica, algunos políticos se creen que poner una placa y un monolito en el cementerio de turno es hacer memoria histórica. Yo creo que no, que la verdadera memoria histórica se consigue enseñando en las escuelas e institutos la historia de los que perdieron la guerra, la historia de los que tuvieron que huir de sus casas hacia otros países por miedo a morir, la historia de los que se echaron al monte a combatir con las armas al franquismo y a defender la legalidad republicana. La memoria histórica es ahondar en esas vidas y aprender a recordar para no repetir los mismos errores.


Miguel Ángel Rincón Peña