1 jul. 2009

LA VEJEZ QUE NOS ESPERA

Seguro que han pensado alguna vez en la vejez, en esa última época de nuestra vida, cuando se nos aflojen las carnes y nos volvamos lentos, sin prisas y los diferentes achaques comiencen a salir a flote. Quién sabe dónde acabaremos y con quién…
Quizá mientras nos dure la efímera juventud veamos eso de la vejez como algo lejano, como algo que nos parece que nunca llegará. Pero el tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos -como decía aquella canción del gran Silvio Rodríguez- y nos damos cuenta de que se nos quedaron muchas cosas por hacer, mucho amor por entregar, muchas palabras que decir. Por eso, hay que aprovechar cada instante de nuestra vida en la medida de lo posible.
Hace un tiempo, y pensando en la vejez, escribí un pequeño poema con un cierto tono irónico que he adaptado para está columna:
“Cuando yo sea anciano me abstendré de utilizar azúcar en las comidas. Quizá tampoco pueda con la sal -ni con el lumbago-. Me prohibirán además el fumeteo y el alcohol y las grasas y sabrá dios cuánto más. ¡Malditos médicos!
Cuando yo sea anciano me apuntaré a unos de esos viajes, no sé, algún crucero por el Mediterráneo, o a visitar los monos de Gibraltar, o a comprar toallas a Portugal. Me escurriré en un triste autobús entre señores desdentados y canosos y “marujas” de laca y permanente. ¡Qué divertido!
Me sentaré en algún parque a mirarles las piernas a las muchachas mientras ellas -indiferentes- hablan y ríen y sueñan. Ofreceré migas de pan duro a las palomas -las ratas del aire- y lanzaré algún que otro bostezo a la mañana, seguramente de domingo. Después volveré a casa cansado, como siempre, y caeré rendido a tu cintura, despacio, a sentir que estás, que eres. Seguramente nos miremos, como siempre -como nunca-, como dos viejos enamorados -el Amor es más fuerte que el Tiempo- y entre besos te diré: ¡Te quiero!”.


Miguel Ángel Rincón Peña