15 nov. 2012

DÍA DE LOS DIFUNTOS

Ayer por la mañana fui al cementerio. Suelo ir de vez en cuando. Los cementerios suelen ser lugares muy tranquilos en los días de diario. Más de una vez escribí algún artículo sobre ese tema, pero aprovechando la fecha, me he puesto a teclear sobre el ritual que todos los años se lleva a cabo en nuestros cementerios.
Fieles a la cita, el día 1 de noviembre, las flores y el murmullo de la gente se entremezclan en los camposantos. Es un ritual antiguo, y yo siempre que puedo asisto para observar a las personas que suben al cementerio a visitar a sus familiares y amigos difuntos, a llevarles flores, hay quienes incluso rezan un poco, aunque son los menos.
Siempre hay algún nicho que se queda sin flores, sucio y descuidado, ni siquiera se puede leer bien el nombre. Uno se pregunta quién estará ahí dentro, reposando la eternidad. Esos huesos están olvidados en un viejo nicho, pero seguramente, el que lo habita ahora, hace años sería un joven lleno de vida, con sus ilusiones, sus proyectos, sus amores y amistades.
Mientras a los demás les traen flores y oraciones, de él no se acuerda nadie. Es triste. El olvido siempre lo es.
Yo lo tengo decidido desde hace mucho tiempo, el día que me muera, que me quemen, y que esparzan mis cenizas, grises como el cielo en invierno, por el mar, o por la sierra, me da igual. Poco me importará lo que hagan con mi cuerpo cuando ya no esté.
Y es que somos tan poca cosa, que entraría risa, si no fuera tan trágico, observar a la gente preocuparse por banalidades, en vez de vivir la vida lo mejor posible, porque a pesar de lo que digan los creyentes, dudo mucho que haya un más allá después de la muerte. Pero claro, cada cual que crea lo que le de la gana. Yo los respeto a todos por igual.
Si bien somos energía, y dicen los que saben de eso que la energía no se destruye, sino que se transforma, seguramente mi energía se transforme en algo que no alcanzo a comprender y estará dando bandazos por los siglos de los siglos en el espacio exterior.
Millones de energías vagando sin rumbo alguno. Pensándolo bien, prefiero el paraíso idílico de los cristianos. Puestos a pedir…

Miguel Ángel Rincón Peña