22 nov. 2012

FEÉRICOS #1

Anoche me contaron una historia sobre los seres feéricos que habitan en las entrañas del bosque, junto al cauce del Majaceite. Yo no tenía ni idea de la existencia de esas formas de vida, pero la persona que me informó sobre ellos me convenció con su detallado relato. Resulta que el pueblo feérico emigró a ese bosque hace varios siglos, huyendo de la desertización de las regiones idhunitas de Derbhad y Alis Lithban. Como consecuencia de su dependencia de lo vegetal, habitan únicamente en las regiones boscosas. A la sierra de Cádiz llegaron primeramente un grupo muy reducido, cuando se cercioraron de que el sitio era idóneo para ellos, decidieron instalarse, y allí siguen hoy en día. El pueblo feérico se divide en varias familias de diferentes razas, Silfos, Silfides, náyades, dríades, hamadríades, etc. Viven en total armonía con la naturaleza, obteniendo de ella alimento, vivienda, medicinas, etc.
Ya que son casi imposibles de ver por el ojo humano, muchos investigadores denominaron a los feéricos como “los espíritus de la naturaleza”. Viven en lugares de difícil acceso, en las partes más cerradas de los bosques y en los huecos más recónditos de los árboles. Existe una persona que, al parecer, los vio. En los años setenta, cuando tan sólo era un niño, pasó toda una noche perdido en el bosque, mientras sus padres ayudados por vecinos y autoridades lo buscaban desesperadamente. Según me contó, unos seres de pequeño tamaño se acercaron y lo llevaron a la frondosidad del bosque por caminos ocultos. Allí estuvo toda la noche, le dieron de comer y le contaron varias historias feéricas. Al amanecer, una sílfide lo acompañó hasta el cauce del río Majaceite y le dijo que caminara hasta llegar al pueblo. Sus padres casi habían perdido la esperanza de encontrarlo vivo, pues un niño de seis años perdido en un bosque de madrugada y en pleno invierno…, en fin, se temían lo peor. Cuando lo vieron aparecer no se lo creían, no tenía ni un rasguño. El niño contó lo que le había pasado, pero claro, nadie lo creyó. Fantasías infantiles, dijeron.
Ahora, aquel niño tiene ya cuarenta años, y sigue recordando aquellos hechos como si hubieran sucedido ayer. Él sabe que existen. Yo le creo. Así que les iré contando en las siguientes semanas las historias que éste amigo anónimo me narró. No pierdan el hilo.













Miguel Ángel Rincón Peña